¿Cómo es un día en la vida de un flâneur porteño? Síguelo en su caminata por la ciudad de Buenos Aires

Gozos y tribulaciones del flâneur porteño

Obstáculos en el camino del flâneur

Caminar por la Buenos Aires céntrica se asemeja a una carrera de obstáculos donde nunca hay un ganador. El peatón, siempre apurado, debe sortear los manteros, esos vendedores ilegales que tienden una manta en la vereda para exhibir mercadería y que se han convertido en plaga. Debe cuidarse de no tropezar y arruinar los productos en venta, so pena de tener que pagar los daños o exponerse a una trompada. El peatón porteño también debe tener especial cuidado en evitar excrementos de perro, sobre todo en áreas residenciales. Se preguntará por que los dueños no los levantan. No existe una respuesta satisfactoria.

Otros obstáculos que se le presentan al peatón son los tachos de basura y contenedores para basuras reciclables. Estos le impiden bajar a la calzada para esquivar a los mencionados manteros, sobre todo en el barrio de Once, o a las serpenteantes filas que se forman en las paradas de colectivo.

El tamaño del obstáculo y la dificultad para sortearlo son directamente proporcionales al apuro del peatón.

Cruzar la calle puede convertirse en una experiencia aterradora. Nuestro peatón, llamémosle flâneur porque no tiene prisa, debe tener en cuenta múltiples variables. No es tan simple como ir de la vereda A a la vereda B. ¿Cruza por la senda peatonal? ¿Está el semáforo en verde? Aun así, debe cuidarse de los vehículos que doblan esté quien esté. Ni hablar de los ciclistas que pasan como bólidos por la bicisenda y creen que las leyes de transito no se aplican. Todos insultarán a nuestro flâneur por osar cruzar la calle con todas las de la ley.

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El flâneur observa

Una vez superadas todas las pruebas de este Juego de la Oca monumental, nuestro flâneur tiene tiempo para detenerse a observar. La gente a su alrededor camina con paso apretado y entrecejo arrugado. La oficina, el banco, la repartición oficial esperan sin piedad.  Casi nadie mira hacia arriba. Las majestuosas cúpulas y el diseño clásico de los edificios pasan inadvertidos. Más bien, la gente mira dónde pone los pies para no pisar una baldosa floja y evitar salpicarse la ropa con agua mugrosa. Por las dudas, nuestro flâneur los imita.

Sin embargo, a pesar de todos esos obstáculos, no existe nada más placentero para nuestro flâneur que dejarse llevar por el vaivén rítmico de sus pies. Y mirar y disfrutar lo que se encuentra a su alrededor. Jugar a inventar historias de vida de otros paseantes. Saludar al portero que baldea la vereda al ritmo del sonido metálico de un tango que suena en su radio portátil. Cruzar unas palabras con el cafetero que pasa con su carro cargado de termos plateados y facturas para acompañar el café, con el vendedor de la Lotería Solidaria, con el africano que vende chucherías y lo recibe con una sonrisa de oreja a oreja.

A nuestro flâneur le gusta caminar por Corrientes hacia el Bajo. Se detiene unos segundos frente a la estatua de Don Mateo y a la de Tato Bores y recuerda cuanto disfruta de La Peluquería de Don Mateo y los filosos monólogos de Tato. Se detiene a mirar la vidriera de alguna librería. Si tiene hambre, come una porción de pizza de “dorapa” en una de las pizzerías notables de Buenos Aires que se alinean sobre Corrientes.

Flâneur y el río

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Imperturbable, nuestro flâneur sigue su camino hacia el rio. Muchas avenidas de Buenos Aires, como Corrientes, se pierden hacia el poniente o descienden hacia un Rio de la Plata cada vez más alejado de la costa. El flâneur porteño llega hasta Puerto Madero y se dirige al oasis verde de la Costanera Sur. Allí, se sienta a descansar en la sombra. Aspira el aire del rio mezclado con el apetitoso aroma a choripán y carne asada que emana de las parrillas al paso.

Retoma su andar y nuestro flâneur recorre Puerto Madero. Se detiene a admirar la Fragata Sarmiento. La imagina surcando airosa los mares del mundo. A lo largo de su paseo, escucha retazos de conversaciones ajenas y observa a los turistas observar a los porteños mientras esquiva a los patinadores.

En la Plaza de Mayo, nuestro flâneur se pierde entre las palomas que levantan vuelo cuando se acerca un humano, entre los oficinistas que comen un sándwich en alguno de los bancos, entre los motoqueros que descansan a la sombra. Espera con ansias el cambio de guardia para ver la marcha de los Granaderos hacia la Casa de Gobierno. Lo envuelve la cacofonía del caótico tránsito porteño:  taxis, colectivos y autos entrelazados en una danza infernal.

 

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About Ana

Hi, I’m Ana. I’m originally from Argentina but I’m currently living in Dallas (USA) with my British husband. I’d like to share my experiences as an expat and as a traveller.

6 thoughts on “Gozos y tribulaciones del flâneur porteño

  1. Que interesANte lo que comentas, que observadora!!! ´pobre paseante en Buenos Aires, una odisea y siempre que no le toque un corte d calle por nos manifestantes,antes de salir hay queriguar !!! Saludso

  2. Magistral Ana! Aplaudo de pie!
    Lo de la caca es algo que me enerva cuándo llego de Europa, no podemos ser tan irrespetuosos con los demás! Los otros items son parte de nuestros crónicos problemas económicos/políticos.
    Besos

  3. Es muy cierto Ana, un verdadero desafio el caminar por la ciudad. Ciclistas y motoqueros irrespetuosos, porteros derrochando agua con sus mangueras, veredas rotas.

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